jueves, 4 de septiembre de 2008

El otoño de un pueblo, el cambio de una vida

Peazos aguardando al gélido de los tiranos, secos eriales que rugen cuales gigantes, mostrando fiereza donde siempre uno ha sentido la calma, frío donde jamás faltó abrigo. Anguita fue, es y será más de tres veces grande. Cuál genética sierva de ningún ultraje, matrona entre todas, vivienda de gentes que por cariño bien supieron estar en contacto con los ángeles.

La vista hacia Aguilar distaba mucho de ser la de siempre. La fertilidad menguaba más que nunca, el otoño entra en su fase más rígida, los años llegan a sumar otro entero. La verdad es que todo pasa, la cosecha y el tiempo, el arado y el anguiteño. La marcha a casa se hace dolorosa, el idilio del pueblo, y de sus mimos, deja paso al adagio funesto. Lo peor de todo esto, se lee en las nubes. Lo malo del tiempo es que pasa, que el idilio acontece breve entre flagelos, como buen catedrático, como gentil señor que aprende a decir, alto y claro, que la vida parece que al final va a ir en serio.

La recolección de frutos para el invierno hermana al hombre y al animal, el invierno amaga con golpear, el trabajo con llenar tu tiempo. El esfuerzo siempre fue antepasado del éxito, el sacrificio del bien imperecedero. Toda la malaeducación de tus huesos enmohecidos en gandulería se transmuta a base de necesidad, la de estar vivo, la de medrar en tu ecosistema, y dar sentido a la Creación, venga ésta de Darwin o quizás del Cielo.

Los paladines fueron guerreros, los hildagos tuvieron triste la figura, nadie dijo que el camino fuera fácil, ni mucho menos que el esfuerzo te hiciera imperecedero. Sin embargo, uno piensa en ese pingüino, que aún con plumón, se inserta en las aguas del Antártico, en ese pichón que apenas sabe volar, en el aguilucho, que a falta de liebre, caza errores en estilo y vuelo. A todo pájaro le llega el empujón, a todo nido su vacío. Ley de vida, de San Martín hasta al cerdo.

Todo me acontece baladí, pues nada guarda lo perfecto. Alguien pretende gritar tu nombre, pero se frena al descubrir que está en tus adentros. Nadie te reconoce el mérito que no tienes, ni la riqueza que sólo anhelas. Todo es cordero con falta de cuerno, pichón que apenas sabe cómo afrontar el vuelo. A los lares y los manes hago sacrifico espiritual, si es que una cosa o la otra otrora existieron. ¡Dadme una isla para mi alma y mi chica, mis sueños de terciopelo, dadme la vida que yo tanto quiero, aún a precio de oro y metal, de esfuerzo y duelo!

Anguita te hace sentir vegetal, no sólo no en la falta de esfuerzo. La presencia de quienes te precedieron es más fuerte en estos surcos, que cuánto pudiera serlo en tus adentros. El ejemplo siempre vino con el esfuerzo, el lamento con el fácil aposento, todo es nomadismo de emociones, sedentarismo en el sacrificio. Me quemo siendo de hielo, de miedo y dolor, de pensar que ahora deberé, yo, dar un paso al frente contra cualquier impedimento.

Espero que las estrellas sepan guiar mi balsa por este mar de los terrenos. Que la luna no recele de mi amor, que la corriente sepa llenar de contenido mis entrañas, ni aunque sólo sea, como mi corazón lo está de su espíritu e imagen. Quiero a la mitad que me hace ser obsesivo en el deseo, en el querer ser feliz como uno donde, tal vez, alguna vez fueron dos por defecto. El esfuerzo requiere de materia prima, la fuente de manantial, mi cuerpo de nurios sentimientos. Todo parece más fácil en fuerte barca, todo puede llegar a ser dulce donde hace falta. Sólo se requiere seguir a los astros; no buscarlos sólo sin ver la tierra, pues allí a veces aparecen joyas divinas, haciendo herejía de lo sagrado, por rebosar sólo belleza, contradicción ante cualquier pecado...

1 comentario:

martin isidro vazquez leon dijo...

Es grandioso Anguita,!que sana envidia!