domingo, 18 de octubre de 2015

Travesía Tonio-Cañuela













ÁLVARO Y MANOLI
El sábado 27 de junio nuestro grupo de espéleo tenía previsto realizar la travesía Tonio-Cañuela  (Cantabria) y Álvaro y yo (Manoli) nos apuntamos al plan.

Una travesía consiste en recorrer la montaña por dentro. Entras por una sima situada en la parte alta de la montaña y sales por una cueva cerca del valle. En nuestro caso, entramos por Tonio y salimos por la Cañuela. La sima de Tonio consta de 22 pozos concatenados, que te dejan a una profundidad de 282 m, en la maravillosa e impresionante Sala Olivier Guillaume, que ya forma parte de la cueva Cañuela (en su mayor parte de recorrido horizontal, aunque también tenemos que descender y subir algunos pozos). Algunos de estos pozos llegan a medir más 50 m. En este tipo de actividad espeleológica, no se vuelve por el mismo camino como en una sima (en la que debes subir todos los pozos que has bajado), sino que debes ir progresando hacia la otra salida.

Una vez que bajas el primer pozo y recuperas la cuerda, llegas al “punto de no retorno” ya que es imposible montar la cuerda para subir, así es que tienes que tener claro que debes llegar hasta el final. Seguimos descendiendo por inmensas salas y entre destrepes y trepadas. En total llegamos a bajar aproximadamente unos 450m.

Alicia, una de nuestras compañeras, montó el cuartel general en Carasa. La idea era llegar el viernes y cenar todos juntos. Y así lo hicimos. Mientras cenábamos, y entre broma y broma, íbamos perfilando los grupos y la hora de salida.
Quedamos a las 8:15 con la idea de empezar pronto y terminar a una hora razonable para disfrutar del “postcueving” y el consabido “chuleting” en Carasa.
Dejamos el coche de Jorge  cerca de la boca de Cañuela y subimos con los otros dos hasta el parking donde se dejan los coches. Allí nos vestimos de “los hombres de rojo” y con todos los trebejos, las cuerdas y los víveres necesarios comenzamos la aproximación hasta la boca de la Tonio.
Hacía un día estupendo, y con todos los que íbamos, la subida hacia la boca se hizo muy agradable.
Nos distribuimos en dos grupos, el primero en entrar sería el de Alicia, Jesús, Jorge y Pedro. En el segundo, estábamos Pepe, Álvaro, Iván y yo. Antes de entrar nos zampamos una quesada que nos supo la mar de buena.

Para Jorge, Jesús, Álvaro y para mí, era nuestro “bautismo” en esto de las grandes travesías, así es que estábamos a la expectativa de todo lo que sucedía. Íbamos mentalizados que esta aventura supondría estar 10 horas atravesando el inframundo, con el consiguiente desgaste físico que ello conlleva.
El grupo de Alicia entró a las 10:45 y nosotros decidimos esperar media hora para darles margen de maniobra. La idea era juntarnos, una vez bajados todos los pozos, en la grandiosa Sala Olivier Guillaume.
A las 11:15 Pepe se adentró en la pequeña boca de la cueva y encabezó el descenso. Poco a poco, la boca iba engullendo a los demás, a Álvaro, a mí y por último a Iván.


La cabecera es una pequeña boca tan estrecha que te hace pensar que es imposible que esconda una cueva de  esa magnitud. Una vez pasada esa angosta abertura, la cosa no mejora, ya que el primer pozo se estrecha al comienzo. Es como si la sima te diese la bienvenida con un buen apretón y su endémico comité de arañas.
A partir del primer pozo, y en el momento en que Iván recuperó la cuerda, nos encontramos en “el punto de no retorno” y  comenzamos el viaje a las profundidades de la Tierra. A partir de ahora, los pozos se irían sucediendo uno tras otro. La rutina era la misma, Pepe montaba, bajábamos e Iván recuperaba la cuerda. Ensacábamos la cuerda y se la pasábamos de nuevo a Pepe.
En la base de todos los pozos había espacio suficiente para estar los cuatro, con lo cual el descenso se hizo muy ameno.
Por fin llegamos a la famosa Diaclasa Vertical, así es que uno por uno fuimos “pasando estrecheces”. Una diaclasa es una grieta muy estrecha, que en este caso, tenía una profundidad de 13 m. En algunos tramos sólo cabía el casco, así es que, aquí pude comprobar una vez más, la famosa teoría que dice que “si entra el casco, cabe el resto del cuerpo”. ¡Glup! Es como un gigantesco sándwich en el que tú eres el relleno, jjj. Cuando la terminas, es como haberse hecho un lifting cuevero.


Ya casi estábamos abajo, y Álvaro decidió estrenarse en eso de la instalación en doble, así es que los últimos pozos se los apañó él. Para los que no están puestos en esto de la espéleo, os diré que, montar en doble consiste en montar la cuerda de tal manera, que el último compañero pueda recuperarla  una vez abajo, tirando de uno de los cabos.
Ya estábamos en el Meandro de la Borrasca (llamado así por las fuertes corrientes de aire frío que se forman), en este caso la borrasca se había quedado en viento de Levante, que yo personalmente agradecí porque iba sudando la gota gorda.
Al llegar a la cabecera del último pozo, nos quedamos callados para oír a los del primer grupo. Pepe los llamó varias veces, pero no se oía una mosca... “¿Dónde andarán?”, ¿Se habrán largado sin esperarnos?.. Pues no, los muy cachondos se habían escondido y apagaron las luces para no ser descubiertos. Sin embargo, los reflectantes del mono de Jesús les delataron. ¡Menudo pitorreo! Cómo veis, nos lo pasamos genial, hasta dio tiempo para jugar al escondite. El reencuentro fue muy divertido y agradable y mientras estábamos de picnic sobre los grandes bloques de piedra, comentamos cómo se nos había dado el descenso. Habíamos estado durante seis horas bajando pozos y era necesario reponer fuerzas.



Otra vez en marcha... Ahora tocaba destrepar la grandiosa Sala Olivier Guillaume bajando el gran caos de bloques de piedra, uno, dos, tres... y tropecientos bloques. ¡Qué feliz sería aquí Obelix!
A partir de aquí, la Cañuela es una cueva amable y su recorrido entre sus bellas formaciones y entre sus majestuosas galerías, después de varias horas, te conduce hasta el pasamanos de 30m situado cerca de la salida.



Nos colocamos en la parrilla de salida del pasamanos, y al oir “ya se ve la luz de la calle”, nos íbamos sujetando cada uno a un tramo del pasamanos e íbamos dando “el libre” a una velocidad vertiginosa. La escena era muy divertida, entre “libre y libre” se oía el cacharrear de los mosquetones y las risas, y al fondo la voz de Pepe que decía : “¡Qué velocidad... no estáis disfrutando el pasamanos!, y los demás, entre risas, le contestábamos: “¡Da igual... ya no tiene remedio... ya hemos olido la calle y no hay quien nos pare!


Salimos a las 20:45 y nos encontramos con la estupenda luz de esas tardes tan largas de comienzos del verano... La BAJADA hasta el coche se hizo tipo Frank Sinatra... “A nuestra manera” …. y ¡qué calorrr! Yo no me esperaba que una vez fuera nos iba a tocar bajar una enorme pendiente. No veía el momento de encontrar el coche, beber ese agua fresquita que había reservado para cuando terminásemos la travesía y, por supuesto, quitarme el mono.
Por fin llegamos a los coches y pusimos rumbo al chuleting.
El postcueving en Carasa fue estupendo, la jornada nos dejó a todos un buen sabor de boca, y no lo digo solo por la parrillada jjjjj.
Creo que no se le puede pedir más... pero sobre todo me quedo con la agradable compañía de mis compañeros y con la certeza de que realmente ¡SOMOS UN GRAN EQUIPO! 

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