sábado, 18 de julio de 2009

Anguita y la agricultura.



"Esa vida rural que tú llamas agreste es muestra de moderación, diligencia y justicia".
Cicerón

Hubo un tiempo en que, frente al hermoso peñasco de "fuente de la Cazuela", grajas y grajillas robaban al pobre labrador sus preciados garbanzos. Un tiempo en que llegaron a sembrarse lentejas (cerca de "la Central", por ejemplo), en que los manzanos no eran vistos como una forma de ocupar el huerto con algo productivo, y en el que éstos mismos, eran trabajados hasta su ínfima extensión. La agricultura era el medio de subsistencia, de un pueblo, de una región y de un país.

“Ganemos con el arado el pan que baste a nuestras mesas”
Juvenal


De la práctica de la agricultura en tierras de Celtiberia hay testimonios antiquísimos. En la cercana Ambrona, provincia de Soria, se han encontrado algunos de los restos de cerveza más antiguos del mundo. Los cereales fueron el primer cultivo, y hasta nuestro días, el más importante y extendido. Por razones obvias, las vegas, por antonomasia, fueron el lugar elegido para la siembra. Indicios, algo más que evidentes, parecen indicar que Anguita y toda la Celtiberia ha sufrido un severo proceso de desertización en los últimos tiempos. El propio río Tajuña, así como los arroyos del Prado de Aguilar y la Madre antaño bajaron con más agua, llegándose a poner redes para la pesca en éste último.


“... para los oficios que suponen más de prudencia o atienden a un servicio importante, como la medicina, la arquitectura, la enseñanza de nobles conocimientos, estos oficios son bellos oficios. Pero de todas las empresas en las que se obtiene algún beneficio, nada es mejor que la agricultura, nada más productivo, nada más agradable”…
Cicerón


Los primeros anguiteños se instalaron primero en la Hoz, estando más resguardados del inclemente tiempo y, a su vez, mayormente protegidos de lo hostil de aquellos años pretéritos. Con el "ensanche" que experimentaría el pueblo durante la Edad Moderna, y últimos tiempos del Medievo, la estabilidad política de la región ayudaría a que el pueblo creciera y se uniera a la lastra, de la cual el mismo, adoptó Virgen. Con el pueblo en la lastra se ganaba terreno en la vega, y con ello, tierras para el cultivo. Durante todos esos siglos Anguita fue el campo, y el campo el modelo de vida, no sólo para Anguita.

“Más, entre los agricultores se hallan los hombres más fuertes y los soldados más valientes. Y dedicándose a la agricultura es como se consigue la ganancia más digna de respeto, la más estable, la que menos envidias promueve, y, quienes están dedicados a ella, son los que menos traman el mal”.
Catón

Los romanos exaltaron a la agricultura como la actividad más pura y noble que practicarse pudiera. En verdad, no sin razón, Cicerón incidió en constatar cómo era la agricultura el único trabajo por el que todo beneficio se obtenía por acción del trabajo de la propia mano, del sudor de la frente. Libanio, filósofo de tiempos del Bajo Imperio Romano (mentor de Juliano "el Apóstata"), defendía al pobre agricultor frente al ávaro intermediario, "Mientras que los negociantes pueden indemnizarse con los especuladores, aquellos a quienes el trabajo apenas da para vivir son aplastados por la carga... Es el tiempo en que la servidumbre se extiende (...)".

Henry Buckley, el célebre periodista-cronista inglés, refiriéndose a la España de tiempos de la Guerra Civil constataba cuán poco había progresado nuestro país, pues aún se utilizaba, hasta aquel entonces, el arado de los romanos. Yo añadiría que también se conservaron entre los "celtíberos del siglo XX" los valores que a este actividad aparejaban los siervos del Imperio Romano.
“Si yo cultivo tu campo, yo te habré hecho bien”.
Séneca

El cambio del arado por el tractor arruinó a Anguita, tanto, o más, que el paso del batán y los tintes a la industria textil. Las gentes de este pueblo emigraron, buscaron recursos y mejor fortuna, modernizándose, dejando al pueblo como algo sanguíneo, pero anticuado. Sólo la concentración de muchas tierras, o el labrantío de varias parcelas ajenas, a renta, podía sustentar una economía, eminentemente familiar.

Por último, llegados a este punto, un texto de John Steinbeck extraído de su obra maestra, “Las uvas de la ira”:

“Los tractores vinieron por las carreteras hasta llegar a los campos, igual que orugas, como insectos, con la fuerza increíble de los insectos. Reptaron sobre la tierra, abriendo camino, avanzando por sus huellas, volviendo a pasar sobre ellas. Tractores Diesel que parecían no servir para nada mientras estaban en reposo y tronaban al moverse, para estabilizarse después en un ronroneo. Monstruos de nariz chata que levantaban el polvo revolviéndolo con el hocico, recorriendo en línea recta el campo, atravesándolo, a través de las cercas y de los portones, cayendo y saliendo de los barrancos sin modificar su dirección. No corrían sobre el suelo, sino sobre sus propias huellas, sin hacer caso de las colinas, los barrancos, los arroyos, las cercas, ni las casas (...). No sentía más cariño por la tierra que el que pudiera sentir el banco. (...) Tras el tractor rodaban los discos brillantes que cortaban la tierra con las cuchillas; aquello no era arar, sino una especie de cirugía: la tierra extraída era empujada hacia la derecha, donde la segunda fila de discos la deshacía y la volvía a empujar a la izquierda; cuchillas cortantes que brillaban pulidas por la tierra lacerada. Y, arrastrados tras los discos, llegaban las gradas con sus peines de hierro, deshaciendo los terrones hasta que la tierra quedaba nivelada. Después de las gradas entraban en escena las grandes sembradoras, doce penes curvos de hierro, erectos en la fundición cuyos orgasmos los producían los engranajes, que iban violando la tierra metódicamente, sin pasión. El conductor sentado en su silla de hierro se enorgullecía de la rectitud de las líneas que no se hacían por disposición suya, del tractor que ni poseía ni amaba, de ese poder que no estaba bajo su control. (...). Después de un rato, el arrendatario que no había podido marcharse, salía y se acuclillaba a la sombra, junto al tractor.
-Pues ¿no eres tú el hijo de Joe Davis? -Sí que lo soy -respondió el conductor. -Y ¿cómo te dedicas a este trabajo, yendo contra tu propia gente? -Porque son tres dólares al día. Me harté de suplicar para comer y de no conseguir nada. Tengo mujer y niños. Tenemos que comer. Son tres dólares al día y es algo seguro. -Eso es verdad -replicó el arrendatario-. Pero para que tú ganes tres dólares por día, quince o veinte familias se quedan sin comer. Casi cien personas tienen que salir y vagabundear por las carreteras por tus tres dólares diarios. ¿O no?”.

¿A cuántos pobres explotaremos, a cuántos países arruinaremos? ¿Cómo frenar a los intermediarios, profesionales y burócratas, que arruinan al campesino de aquí y allí?. ¿¡Cuál será el futuro si el campo perdió a sus hombres y su filosofía!? ¿¡ Qué futuro tiene un pueblo de inhumanas perreras y melancólicos "amantes" del campo!? Anguita como urbanización ojalá (raro será que el tiempo me ayude para lo contrario) no sea la última solución.

Imágenes:

1) "Imagen de limpia tradicional del cereal con limpiadora mecánica", foto de Pedro Varela (1955), nota para anguiteños (la foto no es del pueblo...).

2) Vista de Anguita desde la casa abandonada, camino de la Fuensanta.

3) Oleoducto a su paso por Torremocha.

4) Mi tío caminando entre los trigos de Ratilla (Anguita).

* Artículo escrito para la revista "El Cantón (2009)".

1 comentario:

Común dijo...

Hola!!!!!!!!!!

Esto es mas que un blog, promocionando tu lugar,tu historia y esos girasoles, que me encantan, muy buena. Te felicito!!!!!!!! son lugares de ensueño……..te descubrí por el concurso de 20minutos.
Feliz domingo y un abrazo de oso para vos.